¿Una perogrullada?

La Real Academia de la Lengua define perogrullada como aquella “verdad o certeza que, por notoriamente sabida, es necedad o simpleza el decirla”. Tenemos cientos de ejemplos, que no vale la pena enumerar, de verdades que saltan a la vista, que las asumimos como tales, y no nos detenemos a reflexionar sobre su significado y cómo afectan nuestra existencia, nuestra convivencia con el resto, y especialmente, nuestra ideología.

La perogrullada a la que me quiero referir hoy es la libertad, mejor la Libertad, con mayúscula, esa olvidada y a veces despreciada condición innata de todos las personas. ¿Perogrullada, la libertad? Pues sí. Pocas veces nos detenemos a pensar en su real dimensión, asumiendo que todos somos hombres y mujeres libres. “Soy libre”, le decimos al padre opresor que no nos deja salir cuando somos adolescentes. “Hago lo que me da la gana”, pensamos, mientras nuestra pareja está armando un conflicto por ponernos esa remera vieja que más sirve como trapeador que para lucirla. Libres. Independientes. Y así transcurren nuestras vidas, auto-engañándonos, pensando que los berrinches que hacemos a las reglas sociales, familiares, del grupo de amigos, de la oficina, son el más claro ejemplo de nuestra autonomía como seres.

Sin embargo, la humanidad a lo largo de los siglos ha tenido que conquistar su libertad, incluso derramando sangre. Al parecer, no es una verdad tan obvia para quienes detentan el poder. No lo fue para el Imperio Romano cuando tuvo que aplastar de manera atroz la rebelión de los esclavos. Tampoco lo fue para la Iglesia y los monarcas europeos cuando Martín Lutero afirmó que no dependía de papas ni reyes para decidir en qué creer y en qué no. Ciertamente no lo fue para un rey francés, cuando su cabeza tuvo que rodar porque el pueblo parisino consideró que no era lo suficientemente libre, que no existía igualdad, y que el mentado monarca era cualquier cosa menos un cultor de la fraternidad. El Renacimiento fue la emancipación del espíritu, que comenzó a fluir y darle a la humanidad el gran impulso que necesitaba para crear algunas de las más grandes obras de arte que el mundo haya conocido hasta entonces. El Siglo de las Luces emancipó la razón y la convirtió en la base del conocimiento científico, alejada de toda consideración de índole religiosa. Ambos momentos históricos fueron un ejercicio de libertad por parte de las personas, de desafiar al poder (político, religioso, cultural, etc.), de decirle NO.

Esta semana es especialmente importante en el Ecuador por dos temas ligados a la libertad. El primero tiene que ver con esa gesta heróica del 9 de octubre, donde un grupo de “hombres libres y de buenas costumbres” encabezaron una rebelión contra la corona española, proclamando un Guayaquil libre e independiente. La Fragua de Vulcano, monumento que podemos admirar en esa ciudad, está ahí para servir de recordatorio permanente de que el deseo de ser libres lleva las personas a hacer grandes sacrificios, y que el poder y quienes lo detentan temen a los seres que defienden la libertad como el bien más preciado. En segundo lugar, en estos días la Asamblea acaba de ceder a las presiones de un gobernante -practicante vehemente de una suerte de híbrido entre estalinismo y fundamentalismo católico- que impulsó la aprobación de una normativa absurda, la misma que impide a las mujeres víctimas de violación el poder interrumpir su embarazo si así lo decidieran. Es decir, siglos después de que nuestro intelecto, nuestra razón y nuestra espiritualidad consiguieron liberarse de las imposiciones, aún no hemos podido lograr la emancipación de los cuerpos. Porque el cuerpo no le pertenece al Estado. Tampoco a la Iglesia. Mucho menos a la sociedad (bajo cualquier significado que queramos darle a ese término). Si mis ideas me pertenecen, ¿por qué no mi cuerpo?.

Por lo antes expuesto, quiero enviar un saludo inmenso, fraterno, a las y los guayaquileños por su fiesta de independencia, y de igual manera a las compañeras y amigas que día a día han estado luchando por la despenalización del aborto por violación (que de hecho es una lucha por la despenalización del aborto, a secas). Ustedes me recuerdan que la libertad no se mendiga, se la conquista a costa de lo que sea. Porque ni siquiera es un derecho, es una condición básica para ser humanos. La perogrullada no debería ser tal. Siempre debemos meditar sobre qué significa ser libres.

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