Pensar, la llave que abre las celdas.

Cuando hablo de celdas, hablo de aquellas que están construidas con creencias. Creencias de todo tipo, que pasan por lo familiar, personal, social, religioso, político, etc. Cada una de las celdas en las que habitamos se sostiene sobre una estructura de creencias que hemos ido incorporando a lo largo de nuestras vidas, a través de quienes nos han educado, del entorno cultural en el que nos hemos desarrollado. En una suerte de osmosis, vamos absorbiendo, a manera de esponjas, creencias y más creencias hasta que cuando empezamos a darnos cuenta, si es que lo hacemos, ya estamos habitando en alguna celda.

El pensar, entendida como la acción que cada individuo puede ejercer haciendo uso de su magnífico sistema nervioso y cerebral, se convierte en la llave maestra que puede ir abriendo cada una de esas celdas, al poner las creencias bajo el filtro de la razón.

Venimos al mundo a llenarnos de creencias y la mayoría permanece en ese reino, convirtiéndose en fieles continuadores de la mega estructura de las celdas en las que los seres humanos venimos habitando desde el comienzo de los tiempos. Si a alguien todo esto le suena a “The matrix”, está en el camino correcto; mientras seguimos caminando por este pequeño bosque que voy construyendo con estas palabras.

Pero no todo queda ahí, al ejercer nuestra capacidad de pensamiento, vamos liberándonos de las creencias adquiridas, vamos caminando hacia la libertad, saliendo de nuestras celdas, generando más consciencia. Y ahí radica el problema, mientras más consciencia tenemos, mayor es el malestar que puede aparecer en el individuo al verse existiendo en un mundo que se sostiene con hilos, como lo hacen las marionetas. Esto puede llevar al hastío, al sin sentido y a una profunda decepción. Ese es el precio de la libertad, de abrir las puertas de las celdas en las que habitamos, por eso quienes más disfrutan de su camino son aquellos que no se cuestionan mucho las cosas, sonríen por inercia, bailan al ritmo de la masa y cuidan con esmero a su celda, porque inconscientemente pueden intuir, que sin ella, la vida sería insoportable.

La pregunta que les dejo es: ¿Cuál es el precio que están dispuestos a pagar? ¿El renunciar a su libertad para vivir en las dulces y cómodas celdas de las creencias? o ¿Asumir el malestar de existir sin vendas ante los ojos?

 Psic. Esteban Prado Saona

Psicólogo clínico, coach certificado ICC.

Twitter: @tulaberinto

Facebook: Zona de recarga psíquica.

 

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