¿A ver, qué mismo con el Jalowín?

A ver mis estimados, no confundamos chicha con limonada, o como se dice en otras latitudes, la velocidad con el tocino. Si de tradiciones se trata, los ecuatorianos las tenemos, y bien arraigadas; de eso va el ritual social (y de origen religioso católico) de reunirnos a comer guaguas de pan y tomar colada morada, aunque ya muchos no vayamos de visita al cementerio el 2 de noviembre. El Halloween, aunque pervertido por el consumismo que todo lo toca, es una tradición también, importada, sí, pero de raíces antiquísimas, precristianas (celta irlandesa, para ser exacto). Esto tiene el contacto entre civilizaciones y culturas, hoy llamado globalización: nos llegan, y mandamos, usos y costumbres de todo lado. Si el chauvinismo parroquiano les hace blasfemar contra estas imposiciones extranjeras, háganme el favor de ser consecuentes y decirme desde qué año, para adelante y para atrás, son aceptables las influencias extranjeras, lo cual termina siendo, por supuesto, una imposición subjetiva: porque si tanto les quita el sueño una calabaza con dulces, empiecen a guardar el árbol de Navidad, dejarán las hamburguesas, las pizzas, las gorritas al revés y un larguísimo etcétera. Sí, aquí, sí hay tradiciones, pero también somos parte de un mundo cambiante, donde se entrecruzan y enriquecen las culturas respectivas. Así que con su permiso, tomaré mi colada morada y comeré mi guagua de pan disfrazado de Peter Pan si me da la gana.
Eso, por un lado. Pero si me piden que sufra por el escudo nacional, lo lamento. Una cosa es el amor al país, a sus tradiciones, y otra muy distinta es pedir fidelidad y buscar identidad en un símbolo del Estado. El 31 de octubre se recuerda que Eloy Alfaro firmó un decreto normando su diseño, nada más. Gracias, pero tengo cosas más importantes en las cuales basar mi identidad personal y colectiva. Cuando decida que me define como ecuatoriano una parroquiana obsesión con un decreto ejecutivo, aceptaré que el Estado es dueño de la identidad y de la historia. Y eso, eso no lo haré.
Dicho esto, ¿Qué mismo con el Jalowín? Contarán si se disfrazan, que nadie dejará de ser ecuatoriano por hacerlo.

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2 comentarios
  1. Pamela Idrobo dijo:

    Saludos,
    Me parece muy interesante y respetable, como toda opinión, la suya. Sin embargo, me parece un poco ligero el argumento. Primeramente, quisiera comentar que el sufrimiento es también subjetivo. ¿Se debe sufrir por ciertas fechas y las significaciones que tienen en una sociedad? El sufrimiento es subjetivo y personal. Quizá, si hay algún malestar por decidir qué celebrar, festejar, repetir o ritualizar en ciertas fechas, sea porque hay algún cuestionamiento, o una queja ante aquello que en los discursos políticos se trasmite. Otro punto es que, al ser el Ecuador una neo colonia (uso este término como lo utilizan algunos antropólogos para indicar que luego de la colonización española, los países latinoamericanos están dominados por un poder de política económica y de ciertos códigos que vienen de Estados Unidos y algunos otros países de Europa) estadounidense, hecho inevitable en la historia y en lo que en la realidad se vive, es curioso que el disfrazarse, el intercambiar objetos como caramelos y cierto tipo de comida, ver a los niños divertirse, organizar fiestas y bailes con disfraces, evocar a personajes tenebrosos o del más allá, no se lo haga en carnaval por ejemplo. Ritual que es más cercano a las tradiciones latinoamericanas. Esto sí daría cuenta de la necesidad de rememorar hechos históricos, o de retornar los símbolos que recuerden algo de lo originario, de las independencias, etc. Las reivindicaciones son humanas, así como el poder es humano. Las reivindicaciones vienen cuando el poder ha establecido una relación de dominio, sin posibilidad de decisión. Hoy para muchos se ve como negativo que en esta fecha se evoque el escudo o cualquier otro símbolo, y que el “Jalowin”, como usted lo escribe”, sea algo a rescatar en nombre de la “globalización” y de que se importan tradiciones de otros como parte de “la civilización”. Incluso en nombre de “ver a los hijos divertirse y disfrazarse.”
    ¿Quién lleva a los hijos a los carnavales tradicionales como el de Guaranda? ¿Quién disfraza a los hijos el 31 de diciembre contando las historias de lo que significa el año viejo, y los símbolos que allí se presentan? ¿Quién explica a los hijos de donde viene la tradición de la colada morada y las guaguas de pan, sino que ya se ha vuelto un tema mecánico de reunirse con la familia y solamente consumirlo?
    Quizá muy pocos. Cada quien es responsable de las construcciones de identidad que hace. Ecuador sí que es una tierra “agringada”, como se dice vulgarmente. Y esto no puede ser juzgado como “es bueno” o “malo”. No es un tema moral. Es una cuestión de que no conocemos bien ni si quiera nuestra propia historia, entonces es más fácil y cómodo importar tradiciones, que tratar de rescatar nuestras raíces. Es un tema que hay que analizarlo con un poco más de matices. Agradezco que haya publicado usted esta reflexión, y festeje muy bien el Jalowin!!
    Un saludo cordial
    Pamela Idrobo

    • danielcrespo97 dijo:

      Estimada Pamela, gracias por tus comentarios. De igual manera, creo que podría dar una réplica a aquello que mencionas, no por afán de polemizar, pero sí para profundizar un poco en aquello que has señalado.
      Nunca he invalidado la idea de que el sufrimiento sea subjetivo (porque simplemente lo es). No pretendo en ese punto cuestionar su naturaleza, sino ironizar sobre la actitud que desde ciertos sectores del Estado y de la sociedad se ha tomado respecto al Jalowín (grafía que va en el mismo sentido), como un ataque a la identidad cultural nacional. De hecho, creo que no existe tal cosa.
      En cuanto a que el Ecuador sea una neo colonia es un punto respecto al cual discrepo completamente. Como historiador no comparto esa visión antropológica del neocolonialismo, o la obsesión foucaultiana con las relaciones de poder como discurso inapelable (lo cual no implica que desconozca la validez teórica de la misma, pero la estimo limitada). Creo que el fenómeno de la globalización, en particular, y de las influencias culturales, en general, se merece un tratamiento más complejo, histórico. No existe la sociedad culturalmente autárquica, al menos que vivas en un grupo humano reducido y en aislamiento (e inclusive en ese caso, habría que ver las condiciones del aislamiento).
      Luego, creo que debo insistir en la diferencia que existe entre una tradición cultural y la identidad construida desde el Estado. Son cosas muy distintas. Jamás comparé el Halloween con la celebración de Difuntos, ya que ambas tienen un origen no estatal, cultural y religioso. Hago la distinción con el Día del Escudo porque no adscribo a la idea de que sea el Estado quien construya la identidad. No es lo mismo porque ni los procesos de construcción son los mismos ni los fines que persiguen, y que por ende definen la acción. Los Estados latinoamericanos, de reciente creación, se vieron obligados a construir un imaginario identitario propio, que justifique la separación de España y la diferenciación de nuestros vecinos: se trata de un proceso de legitimación consciente y desde arriba. Si usamos los parámetros antropológicos que tú propusiste, eso es colonización interna.
      Por supuesto que la globalización no es un proceso simétrico, y que la capacidad de incidir en ella de las grandes potencias, a la cabeza los Estados Unidos, es muy distinta de la que tenemos nosotros, o la mayoría de países. Lo que he pretendido al ironizar sobre el asunto es que en vez de centrarnos en chauvinismos patrióticos estatales, partamos de ser conscientes de que sí tenemos tradiciones (lo menciono dos veces); luego, con ese conocimiento previo, podemos entrar al juego de las influencias externas, y aceptarlas o no, con conocimiento de causa y sin dejar de lado nuestro acervo previo. Pero ojo, ninguna cultura es estática: mucho de lo que hoy sentimos como nuestro, no lo fue hace 100 o 200 o 300 años. Así es el juego de la cultura. Porque cuando una cultura no cambia, no se altera, no es porque sea más sólida o patriótica hacia sí misma: es porque está muerta.
      ¡Gracias por tus palabras!
      Saludos,

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