El niño nuevo

Tenía 6 años. Aún recuerdo mi rostro de impotencia el día que mis padres, después de meses de haber salido de una escuela católica, y haberme quedado en casa, decidieron matricularme en una escuelita fiscal.

Mi primer día fue de pesadilla. Los chicos estaban muy aventajados en cosas tan pedestres como saber de memoria el Himno Nacional, jugar a las canicas como endemoniados y al fútbol como cracks del gremio constructor (léase, albañiles). Mientras tanto, yo como buen hijito de papá, pensaba en el disco de Mozart que me habían regalado ese verano, o en la versión condensada de la Ilíada con la que aprendí a leer (sí, soy un freak desde tierna edad). Aún invade mis pesadillas la imagen de Patroclo siendo atravesado por la lanza de Héctor. Maldita sea, si van a publicar versiones infantiles de clásicos, no las llenen de ilustraciones así…. En fin, estoy divagando.

El asunto es que más allá de la convivencia con personas de un estrato social con el que jamás había tenido contacto en mi corta vida, existía toda una estructura diseñada para hacer mi existencia lo más incómoda posible por ser el niño nuevo. La profesora me mandaba deberes sobre temas que yo no conocía nada, por haber entrado casi al finalizar el año. El conserje no me quería dejar entrar porque no me conocía. El director no daba la orden de que me den el carnet, quién sabe por qué razón. No tenía el uniforme aún, motivo suficiente para que me saquen de la formación y me exhiban ante toda la escuela como mutante en feria gitana. Yo no era “José”. Era “Molina”, o peor aún “El niño nuevo”. El bus escolar a veces olvidaba recogerme en mi casa y mi padre debía hacer a un lado cualquier otra cosa importante que su agitada vida de cañicultor y ganadero le demandara (por ejemplo ver noticias en TV, llenar un crucigrama o entrenar sus gallos de pelea), para llevarme en el aguerrido Nissan Patrol. No duré mucho en esa escuela. Después de haber pasado por los hermanos maristas y por la educación estatal, fui a parar a una unidad educativa un tanto hippie, privada, laica, donde cada quien hacía lo que quería. Estuve hasta la secundaria y pienso que fueron los años más felices de mi vida. Han pasado 32 años y siento un extraño Deja Vú.

Acabo de ingresar al sector público (jefecito, si lee esto no me despida). El “biométrico” reconoce mi huella digital al quinto intento. Mi jefe me manda tareas que fueron responsabilidad de alguien más y que prefirió irse a vivir la comodidad del rango de asesor. Por alguna razón que no alcanzo a entender, el director no da la orden de que me entreguen el carnet. Mis compañeros son unos capos politólogos que hablan de fútbol, comida, y cosas así, mientras yo tengo sobre mi escritorio un libro de Ortega y Gasset esperando que lo lea nuevamente (sí, soy un freak aún). Los politólogos son una clase de seres humanos con los que jamás había convivido. Aún no logro adivinar por dónde pasa el bus del recorrido, lastimosamente mi padre ya no está aquí para llevarme. Soy el niño nuevo. No tengo el chaleco horrible del uniforme. La recepcionista me pide que planifique anticipadamente lo que voy a hacer en mis horas extras. El guardia por fin me reconoce y me deja entrar, pero mis compañeros y compañeras siguen preguntando cómo me llamo. “Amigo, colabora para el botellón de agua”, dice la chica guapa… Por suerte nadie me llama “Molina”. Para colmo mi declaración patrimonial juramentada está mal, debo hacerla nuevamente, porque el señor inspector malvado me quiere castigar (el de Recursos Humanos).

Todo esto ha hecho que cuestione mi decisión de ingresar al extraño “submundo” de la burocracia, pero después de año y medio de estar en casa, pensando en Mozart, Pink Floyd, Marx, la Ilíada y Ortega y Gasset, debía hacer algo con mi vida. Añoro esos 14 años en la empresa privada que, luego de los 9 que pasé en la escuela y colegio hippie, fueron la mejor época de mi vida. Las cosas no eran perfectas en el mundo empresarial, pero al menos funcionaban de manera medianamente eficiente. No, no fue mi padre quien me sacó de ahí. Esta vez fui yo.

Soy el niño nuevo otra vez. Auxilio.

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