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Archivo del Autor: josemolinareyes

Mi padre me contó una vez que en ciertas zonas campesinas del Ecuador, hace mucho, la gente tenía un dicho: “a la mujer y al burro sólo con el palo”. Frase que alude tanto al carácter de semovientes de ambos seres, como a su tozudez al no querer obedecer órdenes. Desconozco si aún sigan usando ese aforismo los campesinos de la patria. Sin embargo, he escuchado con estupor cómo un supuesto estadista arremete con el garrote de su “ideología” a nuestras queridas y combativas feministas y, de paso, también hace objeto de su ira a alguno que otro “burro” que osa cruzarse entre él y sus intereses…. ejem… proyecto político… (El último de esos burros lleva el apellido de un conocido escritor ibérico que, curiosamente, inmortalizó a otro asno, Platero).

Dice el circunspecto y severo gobernante que la “ideología de género” que se inculca a nuestros chicos en los colegios (líbranos del mal, San José María), es una barbaridad que no resiste el “menor análisis”. Afirma el predicador desde su púlpito sabatino que la mujer debe ser “femenina” y el hombre “masculino”. Reitera que las terribles, peligrosas, funestas personas que buscan la equidad sólo son quinta-columnistas de un proyecto que, en el fondo, intenta socavar el concepto tradicional de familia (cimiento sobre el que se funda la muy cristiana sociedad occidental). No contento con eso, desnuda en acto público a sus -muy posiblemente- futuras ex-coidearias, por osar desafiar el rol que la naturaleza, Dios, la Iglesia, han dado a la mujer, es decir, ser una fábrica de bebés y/o una extensión de la cocina. Culmina el auto de fe con la ovación de la cristianísima audiencia.

Recordemos la admonición de Escrivá de Balaguer, quien en la obra cumbre del underground literario católico, “Camino” (300 semanas en las listas de los libros más regalados, porque nadie lo compra) dice lo siguiente: “Si queréis entregaros a Dios en el mundo, antes que sabios —ellas no hace falta que sean sabias: basta que sean discretas— habéis de ser espirituales, muy unidos al Señor por la oración.”. Pero no, las feministas no son discretas: hablan. Y hablan mucho. Y enseñan. Y pretenden ser sabias. Y buscan que su voz no sólo se escuche, sino que se refleje en la elaboración de políticas públicas. Es el colmo de la ingratitud! No contentas con haber aprendido a leer y escribir, para luego haber conseguido títulos universitarios, buscaron el derecho al voto, y posteriormente accedieron a cargos de elección popular. ¿Qué mas quieren? ¿Aborto? ¿Igualdad? No, aquí en el Ecuador del S. XXI, se practica lo que manda la mayoría, y la mayoría exige que la mujer calle y se someta al hombre, porque así lo quiso Dios, y es deber de los gobernantes hacer cumplir la ley divina.

Supongo que a futuro, Ejecutivo, Legislativo y la Conferencia Episcopal (los tres poderes del Estado), elaborarán algún proyecto de reforma constitucional que ponga fin a esa “perversa” idea del laicismo, para que Su Majestad pueda rezar todas las novenas habidas y por haber sin tener que sonrojarse ante las cámaras de un conocido canal de televisión que tantas noches de insomnio le provoca. Enrique IV dijo alguna vez “Paris vaut bien une messe” (“París bien vale una misa”), cuando tuvo que abjurar del calvinismo para salvar el pellejo y al mismo tiempo subir al trono. Ya escucho la campana de la Catedral repicando cuando Su Majestad, al grito de “Carondelet bien vale una misa”, escupa sobre la efigie de Alfaro, proscriba la francmasonería y el protestantismo, y proclame la devoción católica del pueblo ecuatoriano.

Mientras eso sucede, les recomiendo que empiecen a rezar las Preces, a ver si se les quita lo infieles, que yo voy a buscar mi silicio para mortificar este cuerpo pecador, con un fondo musical de aquella santa mujer, Hildegard von Bingen.

PRECES (fragmento)

Sérviam!

V /. Ad Trinitatem Beatíssimam.

R /. Grátias tibi, Deus, grátias tibi: vera et una Trínitas, una et summa Déitas, sancta et una Unitas.

V /. Ad Iesum Christum Regem.

R /. Dóminus Iudex noster; Dóminus Légifer noster; Dóminus Rex noster. Ipse salvabit nos.

V /. Christe, Fili Dei vivi, miserere nobis.

R /. Christe, Fili Dei vivi, miserere nobis.

V /. Exsurge, Christe, ádiuva nos.

R /. Et líbera nos propter nomen tuum.

Ahí se ven.

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Tenía 6 años. Aún recuerdo mi rostro de impotencia el día que mis padres, después de meses de haber salido de una escuela católica, y haberme quedado en casa, decidieron matricularme en una escuelita fiscal.

Mi primer día fue de pesadilla. Los chicos estaban muy aventajados en cosas tan pedestres como saber de memoria el Himno Nacional, jugar a las canicas como endemoniados y al fútbol como cracks del gremio constructor (léase, albañiles). Mientras tanto, yo como buen hijito de papá, pensaba en el disco de Mozart que me habían regalado ese verano, o en la versión condensada de la Ilíada con la que aprendí a leer (sí, soy un freak desde tierna edad). Aún invade mis pesadillas la imagen de Patroclo siendo atravesado por la lanza de Héctor. Maldita sea, si van a publicar versiones infantiles de clásicos, no las llenen de ilustraciones así…. En fin, estoy divagando.

El asunto es que más allá de la convivencia con personas de un estrato social con el que jamás había tenido contacto en mi corta vida, existía toda una estructura diseñada para hacer mi existencia lo más incómoda posible por ser el niño nuevo. La profesora me mandaba deberes sobre temas que yo no conocía nada, por haber entrado casi al finalizar el año. El conserje no me quería dejar entrar porque no me conocía. El director no daba la orden de que me den el carnet, quién sabe por qué razón. No tenía el uniforme aún, motivo suficiente para que me saquen de la formación y me exhiban ante toda la escuela como mutante en feria gitana. Yo no era “José”. Era “Molina”, o peor aún “El niño nuevo”. El bus escolar a veces olvidaba recogerme en mi casa y mi padre debía hacer a un lado cualquier otra cosa importante que su agitada vida de cañicultor y ganadero le demandara (por ejemplo ver noticias en TV, llenar un crucigrama o entrenar sus gallos de pelea), para llevarme en el aguerrido Nissan Patrol. No duré mucho en esa escuela. Después de haber pasado por los hermanos maristas y por la educación estatal, fui a parar a una unidad educativa un tanto hippie, privada, laica, donde cada quien hacía lo que quería. Estuve hasta la secundaria y pienso que fueron los años más felices de mi vida. Han pasado 32 años y siento un extraño Deja Vú.

Acabo de ingresar al sector público (jefecito, si lee esto no me despida). El “biométrico” reconoce mi huella digital al quinto intento. Mi jefe me manda tareas que fueron responsabilidad de alguien más y que prefirió irse a vivir la comodidad del rango de asesor. Por alguna razón que no alcanzo a entender, el director no da la orden de que me entreguen el carnet. Mis compañeros son unos capos politólogos que hablan de fútbol, comida, y cosas así, mientras yo tengo sobre mi escritorio un libro de Ortega y Gasset esperando que lo lea nuevamente (sí, soy un freak aún). Los politólogos son una clase de seres humanos con los que jamás había convivido. Aún no logro adivinar por dónde pasa el bus del recorrido, lastimosamente mi padre ya no está aquí para llevarme. Soy el niño nuevo. No tengo el chaleco horrible del uniforme. La recepcionista me pide que planifique anticipadamente lo que voy a hacer en mis horas extras. El guardia por fin me reconoce y me deja entrar, pero mis compañeros y compañeras siguen preguntando cómo me llamo. “Amigo, colabora para el botellón de agua”, dice la chica guapa… Por suerte nadie me llama “Molina”. Para colmo mi declaración patrimonial juramentada está mal, debo hacerla nuevamente, porque el señor inspector malvado me quiere castigar (el de Recursos Humanos).

Todo esto ha hecho que cuestione mi decisión de ingresar al extraño “submundo” de la burocracia, pero después de año y medio de estar en casa, pensando en Mozart, Pink Floyd, Marx, la Ilíada y Ortega y Gasset, debía hacer algo con mi vida. Añoro esos 14 años en la empresa privada que, luego de los 9 que pasé en la escuela y colegio hippie, fueron la mejor época de mi vida. Las cosas no eran perfectas en el mundo empresarial, pero al menos funcionaban de manera medianamente eficiente. No, no fue mi padre quien me sacó de ahí. Esta vez fui yo.

Soy el niño nuevo otra vez. Auxilio.

La Real Academia de la Lengua define perogrullada como aquella “verdad o certeza que, por notoriamente sabida, es necedad o simpleza el decirla”. Tenemos cientos de ejemplos, que no vale la pena enumerar, de verdades que saltan a la vista, que las asumimos como tales, y no nos detenemos a reflexionar sobre su significado y cómo afectan nuestra existencia, nuestra convivencia con el resto, y especialmente, nuestra ideología.

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