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Archivo del Autor: CSuasnavas

La madrugada del 11 al 12 de abril de 1918 fue una noche de cuchillos largos en Moscú. Mil agentes de una desconocida agencia estatal irrumpieron en los domicilios de quinientos ciudadanos sospechosos de militar en organizaciones anarquistas. Se trataba de una agencia recién creada a la que llamaban Cheka y que dependía directamente del camarada Lenin. La redada se saldó con la detención de todos los sospechosos y la ejecución sumaria de un pequeño grupo en las dependencias que la organización acababa de estrenar en la plaza Lubianka, junto al Kremlin.

La Cheka era el tipo de organismo represor que Lenin venía buscando desde su ascenso al poder unos meses antes. Las soflamas de liberación se habían apagado tan pronto como los bolcheviques se adueñaron del Kremlin. Lejos de colmar las aspiraciones de los trabajadores rusos, la revolución encarnada en Lenin estaba tornándose muy impopular. Los comunistas ya no eran vistos como libertadores, sino como bestias vengativas y sedientas de sangre que robaban al proletario para después entregar el botín al Partido.

La creciente desafección hacia la camada bolchevique hacía temer lo peor. Pero Lenin no tenía ninguna intención de desalojar el poder que tanto tiempo y esfuerzo le había llevado conquistar. Nada menos que una vida entera dedicada a la conspiración política coronada por un inesperado éxito en las jornadas de octubre. Tras ellas, y con intención de mantener a raya a los díscolos, encargó a uno de sus lugartenientes, el aristócrata polaco Félix Dzerzhinski, que formase una milicia dedicada a vigilar de cerca y reprimir los conatos de disidencia que fuesen apareciendo mientras el Partido se acomodaba en Moscú.

Felix Dzerzhinski

Dzerzhinski creo una «estructura ligera, flexible, inmediatamente disponible, sin un juridicismo puntilloso, sin restricción para tratar, para golpear a los enemigos con el brazo armado de la dictadura del proletariado». La «estructura» se escondió tras un nombre tan de aquel momento que nadie sospechó nada raro: «Comité Militar Revolucionario de Petrogrado», se llamaba.

El Comité de Petrogrado era algo necesariamente temporal. Dos meses después de establecerse se vio superado por los acontecimientos. Sus setenta integrantes se quedaban cortos para atender los frentes de la contrarrevolución, que cada vez eran más numerosos e incontrolables. En diciembre Lenin llamó de nuevo a Dzerzhinski para encomendarle la creación de una «comisión especial» que luchase «con la mayor energía revolucionaria contra la huelga general de los funcionarios y determinara los métodos para suprimir el sabotaje». Comisión especial en ruso se dice «Chrezvychaynaya Komissiya», es decir, Che-Ka.

Lenin andaba obsesionado con la Revolución Francesa, a la que consideraba precedente y madre nutricia de la rusa. Quería encontrar un «Fouquier-Tinville que nos mantenga en jaque a toda la canalla contrarrevolucionaria», un «sólido jacobino revolucionario» que supiese estar a la altura de una empresa tan ambiciosa como la de demoler hasta los cimientos la contrarrevolución. Ese jacobino iba a ser, por méritos contrastados, el propio Dzerzhinski.

Escudo de la Cheka

A mediados de diciembre estaba ya todo decidido. La Cheka sería la espada del Partido, y así se hizo ver en el escudo de la organización, formado por una espada dorada de la que sobresalía, en relieve, la estrella de cinco puntas y el emblema de la hoz y el martillo. Trotsky anunció a los suyos que «en menos de un mes el terror va a adquirir formas muy violentas». La apelación a los jacobinos era continua. El comisario del Pueblo para la guerra, recordó que la pena ya no sería «la prisión, sino la guillotina, ese notable invento de la gran Revolución Francesa».

Días después Lenin en persona se dirigió a un soviet de obreros fabriles para advertirles de que la Revolución se defendería con uñas y dientes. «¡A menos que apliquemos el terror a los especuladores —una bala en la cabeza en el momento— no llegaremos a nada!», les dijo llevado por el enajenamiento revolucionario que se apoderaba de él durante los mítines. Dzerzhinski, por su parte, iba ultimando los detalles de la nueva agencia que tendría dos tareas fundamentales. La primera «suprimir y liquidar todo intento y acto contrarrevolucionario de sabotaje». La segunda «llevar a los saboteadores ante un tribunal revolucionario».

En marzo la Cheka quedó formalmente constituida. Estaba dividida en tres departamentos: información, organización y operación. Al principio sólo se le adjudicaron 400 funcionarios que pronto, en sólo tres meses, ya serían más de dos mil, a los que había que añadir un contingente de tropas especiales, militares debidamente entrenados en el contraespionaje que dependían directamente de la «Gran Casa», apodo que los chequistas pusieron al edificio de la plaza Lubianka.

Los efectivos de la Cheka aumentaron exponencialmente cuando la guerra civil se recrudeció en enero de 1919. Esta organización tenía una ventaja fundamental: operaba total y absolutamente al margen de cualquier ley o convención. Los disidentes y los soldados blancos la temían mucho más que al Ejército Rojo. Los chequistas practicaban la tortura sistemáticamente y reservaban muertes atroces para los detenidos. Aplicaban el manual completo de tormentos medievales: desollamiento, crucifixión, empalamiento, lapidación, horca… no había especialidad que los agentes de Dzerzhinski ignorasen.

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Para atemorizar a la población civil organizaban espeluznantes ejecuciones públicas en las que desplegaban gran creatividad homicida. En las provincias del norte solían desnudar a los presos y verter sobre ellos agua que, a 30 grados bajo cero, se congelaba rápidamente formando estatuas de hielo vivientes. En ocasiones colocaban un tubo en la boca de los reos y deslizaban una rata sobre él para que ésta, azuzada por un tizón que el verdugo ponía en el otro extremo del tubo, desgarrase la garganta de los condenados hasta provocarles una espantosa muerte.

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El fusilamiento era quizá el más benévolo de sus veredictos. Nadie estaba a salvo. Cualquiera mayor de ocho años era condenable al paredón. Las ejecuciones tenían que ser masivas y públicas para infundir un temor casi religioso entre los aldeanos. En aquella guerra sin cuartel iba a ser el miedo a una represalia siempre inhumana el mejor aliado de los bolcheviques. La prensa del régimen se hacía eco de las proezas que la Cheka iba perpetrando por Rusia en cuidadas historias de portada que ponían los pelos de punta a cualquiera.

A cualquiera menos al camarada Lenin, decidido a hacer de su invento la columna vertebral de la nueva Rusia socialista. En enero de 1920, coincidiendo con algunas de las masacres más pavorosas, se reunió con un soviet de líderes sindicales y les dijo con vehemencia: «No debemos dudar si fusilamos a miles de personas, y no dudaremos, y salvaremos el país».

Los excesos de la Cheka cruzaron las herméticas fronteras de Rusia y llegaron a Occidente. Pero la Revolución bolchevique tenía aún crédito ilimitado, nadie movió un dedo para denunciar la degollina sin cuento que estaba teniendo lugar en Rusia tras las bambalinas de la guerra civil. Dzerzhinski había cumplido. En 1922 la guerra terminó y, con ella, cualquier atisbo de disconformidad con los nuevos zares del imperio que, desde ese año, pasó a llamarse Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

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Había llegado la hora de convertir la «comisión especial» en algo más orgánico y propio de la nueva realidad posrevolucionaria. De la Cheka nació la OGPU, siglas en ruso de Directorio Político Unificado del Estado. La palabra —Cheka— y la profesión —chequista— se resistieron a morir. Los rusos siguieron conociendo a la temida policía política como la Cheka y hasta exportaron la idea (y el miedo) al extranjero, incluyendo la España republicana, donde el modelo soviético de policía política se aplicó con rectitud aterradora durante la guerra civil. Se desconoce cuántas víctimas ocasionó la Cheka original en sus cuatro años escasos de vida, pero las estimaciones más moderadas calculan que la cifra asciende a las 200.000 personas.

Dzerzhinski nunca hubiera podido imaginar que su macabro invento pudiese llegar tan lejos y convertirse en un instrumento tan eficazmente mortífero. Murió pocos años después de un infarto mientras pronunciaba un discurso. La URSS le supo agradecer los servicios prestados erigiendo una monumental estatua de 15 toneladas esculpida en hierro en la plaza Lubianka, delante de su verdadero hogar, la «Gran Casa», la de la Cheka (KGB).

Monumento a Dzerzhinski

Flashback a 1991, cuando la estatua de Felix Dzerzhinski fue tumbada.

La estatua fue derribada por los manifestantes de su pedestal, frente a la sede de la KGB en Lubyanka, Moscú, tras el fallido golpe de la línea dura comunista contra Mijail Gorbachov en 1991. El monumento de bronce ha languidecido desde entonces en un parque abandonado de la ciudad, junto a otras estatuas de Lenin, Stalin y Brezhnev.

Fuente: Historia Criminal del Comunismo, de Díaz Villanueva Fernando.

Imágenes de Internet.

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El 22 de noviembre 1963 sucedió lo impensable: John F. Kennedy, el presidente más popular y carismático de los Estados Unidos era asesinado. Mientras el país aún estaba en shock y lloraba su muerte, la Reserva Federal ya tenía en marcha un plan para honrar su memoria. De hecho, se dice que los planes para acuñar una moneda con el perfil de Kennedy, comenzaron ese mismo día, a pocas horas de su muerte.

Reacción en las calles frente al asesinato de Kennedy, 22 de noviembre de 1963 © Wayne Miller / Magnum Photos

Reacción en las calles frente al asesinato de Kennedy, 22 de noviembre de 1963
© Wayne Miller / Magnum Photos

Para este homenaje fueron consideradas las monedas de 25 centavos, medio dólar y de un dólar. A la final se decidió que la más conveniente sería la de medio dólar. Se dio la orden de que los diseños previos fueran más como en plan conmemorativo, con la imagen del ex presidente en el anverso y el sello del águila presidencial en el reverso.

A pesar de todas las buenas intenciones, se les presentó un problema. De acuerdo a la Ley de Acuñación de Monedas que regía desde 1963, el diseño de una moneda debía estar en circulación por lo menos 25 años para ser cambiado. La moneda de medio dólar que se acuñaba en ese momento, era el medio dólar de Franklin, que estaba circulado desde apenas 15 años. Sería necesaria una legislación especial para aprobar la producción del medio dólar de Kennedy. El Congreso por supuesto aprobó esta legislación – la Ley de 30 de diciembre de 1963 – en sólo unas pocas semanas.

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Se acuñó una prueba de monedas de medio del dólar de Kennedy a inicios de 1964. Las primeras monedas que salieron de este primer molde original tenían lo que ahora se conoce como “los cabellos acentuados”, pero por alguna desconocida razón ese diseño fue modificado después de aquella primera producción.

Hay rumores de que a la ex primera dama, Jacqueline Kennedy, no le gustaba el diseño porque se veía un mechón de cabello pronunciado sobre la oreja, como despeinado. Otro motivo -más factible- puede haber sido para debilitar un poco el diseño y gastar menos metal (todavía era plata) en su producción. De cualquier forma, el medio dólar de Kennedy se hizo muy popular entre los coleccionistas y más que nada en el público en general. La demanda de los ejemplares de la primera prueba fue tan alta, que entre finales de enero y principios de febrero, todas las monedas acuñadas que fueron puestas en circulación desaparecieron.

A la izquierda un ejemplo de "los cabellos acentuados" de 1964

A la izquierda un ejemplo de “los cabellos acentuados” de 1964

Irónicamente, el medio dólar de Kennedy fue el que acabó con la circulación de las monedas de medio dólar. Fue inicialmente concebida para ser una moneda de normal circulación, pero este nuevo medio dolar fue acaparado por el público y era casi inexistente en transacciones. De hecho, hasta antes de 1964, la moneda de medio dólar fue un elemento clave del comercio americano diario y doméstico. Tan normal era su uso, que cada caja registradora era fabricada con su respectivo espacio para los medios dólares (ahora ya no), pero después del lanzamiento de la famosa moneda, el público conservó la mayor parte de la producción y se creó una escasez a nivel general.

Con temor a que repita eventualmente el mismo fenómeno, en 1965, la Reserva Federal decidió retirar de circulación todas las monedas de plata a excepción de los pocos Kennedy que aún circulaban, porque habían sido diseñados con un contenido de plata más bajo. El remedio fue peor que la enfermedad porque ahora fueron acaparadas por su alto contenido de plata todas las monedas de 50, 25 y 10 centavos diseñadas antes de 1965, creando una escasez aún mayor de circulante. En 1971, cuando la plata fue retirada completamente de todas las monedas de medio dólar, la demanda y el uso de las mismas disminuyó drásticamente.

Diseños de 0,50 cetvs. que circularon

Diseños de 0,50 cetvs. que circularon

El medio dólar de Kennedy de 1964 fue atesorado por casi todas las familias norteamericanas, pero aún así, sigue siendo una moneda de colección muy cotizada.

Algo muy curioso es que esa nueva crisis de circulante generó otro fenómeno: ahora es fácil encontrarlas a la venta de acuerdo a su cantidad de plata en la aleación. Una moneda de 1964 puede alcanzar precios de $ 1200 a $ 2800. Las que son escasas y por ende más cotizadas son las de la primera tanda de “los cabellos acentuados” que alcanzan precios de hasta $ 5000. Hay para todos los gustos, porque si eres un verdadero aficionado a la numismática y si tienes las posibilidades, puedes encontrar verdaderas joyas del 64 a las que se les pule y les dan un tratamiento especial de esmerilado llamado Ultra Cameo –como a ésta-, que fácil te cuestan $12 000. Ahora, este tipo de negocio trajo de la mano a otros profesionales y revalorizó a los casi extintos expertos numismáticos, especialmente porque en los últimos años se han acuñado más tirajes de aquel diseño de prueba para satisfacer la demanda de los coleccionistas.

El féretro de Kennedy llegando a la Casa Blanca desde el Hospital Naval de Bethesda, 1963  © Cornell Capa C / Magnum Photos

El féretro de Kennedy llegando a la Casa Blanca desde el Hospital Naval de Bethesda, 1963
© Cornell Capa C / Magnum Photos

Esta moneda nació de la tristeza de una nación y se convirtió en un artículo de colección por motivos sentimentales. En los Estados Unidos todavía hay mucha gente que cree que si John F. Kennedy no hubiese sido asesinado ese día y lograba culminar su mandato como presidente, el mundo sería ahora un lugar totalmente diferente.

El medio dólar estadounidense prácticamente desapareció y dejó de ser una moneda de curso legal, de hecho, ya ninguna máquina expendedora o de teléfonos la acepta. Esto hizo que la moneda de 25 centavos, el quarter, sea la más utilizada en transacciones comerciales y domésticas.

Fuente: Sentado frente al mundo.

Muchas veces me han preguntado cuáles son los libros que más me han impactado. Hacer una lista siempre es muy subjetivo y, creo yo, demasiado personal porque no todos compartimos los mismos gustos e intereses. De hecho, las lecturas que logran atraparme casi nunca coinciden con los escritores de moda o con los recomendados por la crítica especializada. Usualmente me llaman la atención la novela histórica y testimonial, pero si sólo tuviera que recomendar un libro, ese sería sin duda “El Sentido Común” de Thomas Paine.

"El Sentido común"

“El Sentido común”

Este, considero yo, es un libro que todo el mundo debería leer, el que todos los padres deberían regalar a sus hijos en cuanto estos empiezan a razonar. Aunque fue escrito hace más de dos siglos, nunca ha perdido su vigencia porque es una crítica a los gobiernos hereditarios y autoritarios.  Su mayor enseñanza es que todos nacemos libres e iguales y que no somos siervos ni vasallos de ningún rey, algo que aunque parezca raro, muy a menudo se nos olvida.

La historia de este libro es muy singular. Es más, ni siquiera es un libro, es un folleto, un panfleto que fue escrito en 1776 por un inmigrante inglés, dirigido a los habitantes de Las Trece Colonias americanas que luchaban por independizarse de la Gran Bretaña. En nuestros días es lo que nosotros llamaríamos un best seller, ya que en su primer año se vendieron más de 500.000 copias, curiosamente un gran porcentaje de ellas, no en América sino en Francia y Gran Bretaña. Dada su abrumadora acogida, no fueron suficientes sus primeras 25 ediciones por lo que era muy común encontrar resúmenes del folleto escritos a mano circulando por las colonias.

Las 13 colonias inglesas en 1776

Las 13 colonias inglesas en 1776

La importancia de este libro, radica en que fue el primer argumento razonado en favor de la Revolución Americana. Las ideas de Paine son tan contundentes que prácticamente de la noche a la mañana este folleto convenció a los colonos de que solo la independencia les aseguraría el goce de derecho de libertades.

“La sociedad en cada estado es una bendición, pero el gobierno, incluso en su mejor estado, no es sino un mal necesario.”

“Cuando el mundo fue invadido por la tiranía, la menor reforma se convertía en una gloriosa conquista. “

“Los gobiernos absolutos (a pesar de ser una desgracia para la naturaleza humana) tienen esa ventaja: que son simples; si el pueblo sufre, saben la causa del sufrimiento, conocen así mismo el remedio general, por eso no se molestan en proveer otras curas y remedios necesarios.”

Thomas Paine, nace en Thetford (Inglaterra), en el año 1737, hijo de un corsetero cuáquero y su mujer anglicana. Durante los primeros años, recibe escasa educación, aunque asiste a la escuela local hasta los 13 años, edad en la que comienza a ganarse la vida por su cuenta.

Trabajó en diversos oficios, sin mayor fortuna, desde hacer manufacturas textiles hasta perseguir contrabandistas. Su ilustración fue autónoma y singular, sin maestros, ni universidades.

Thomas Paine

Thomas Paine

Por casualidad conoció a Benjamín Franklin en Inglaterra, y este lo convenció de las oportunidades que podían surgir en una sociedad nueva como la norteamericana, para alguien con inquietudes como él, por lo que decide embarcarse en su aventura de ultramar, arribando a Filadelfia en 1774, cuando tenía poco más de cuarenta años.

Para salir adelante, y gracias a las recomendaciones del inventor del pararrayos, se establece como redactor exclusivo (aunque eso sí, con numerosos seudónimos), del Pennsylvania Magazine or American Museum, uno de los primeros periódicos de las colonias.

Thomas Paine, es quizás, el más grande teórico político que ha parido la humanidad. El creía firmemente que los colonos americanos tenían en sus manos la posibilidad de volver a empezar de nuevo la historia del mundo, sin necesidad de copiar los modelos de gobierno europeos de la época, modelos que, a la vista estaba, siempre se caracterizaron por ser tiránicos y corruptos.

Durante la guerra de independencia “1776-1783”, Paine se alisto como voluntario en el Ejercito Continental, combatiendo bajo las ordenes de George Washington.

Para cuando la guerra concluyó, Paine era el hombre más leído de Occidente, y seguía sin un penique. Siempre le pareció incorrecto cobrar derechos de autor que encareciesen el precio de los panfletos y entorpecieran así la difusión de su pensamiento.

En 1787, Paine regresó por un tiempo a Inglaterra. El propósito inicial era recaudar fondos para un puente en Pensilvania diseñado por él, pero el estallido de la Revolución Francesa le hizo sentirse profundamente implicado y fue a parís. En 1791 publico “Los Derechos del hombre”, obra en la que defendía la revolución europea, pero más que una férrea defensa, se trataba de un profundo análisis de las verdaderas raíces del descontento en Europa: los gobiernos arbitrarios, la pobreza, el analfabetismo y la guerra. El libro fue prohibido en Inglaterra porque era antimonárquico. De hecho, Thomas Paine estuvo a punto de ser detenido por sedicioso cuando viajaba hacia Francia, donde había sido elegido diputado en la Convención Nacional. Ahí, en cambio, fue encarcelado por Robesepierre en 1793, acusado de haber votado contra la ejecución del rey destronado Luis XVI.

Tras ser liberado se quedó en Francia hasta 1802, año en que retorno a América, luego de aceptar la invitación de regresar que le hizo el presidente Thomas Jefferson. Este admiraba a Paine, con el que había mantenido una estrecha relación cuando Jefferson fue embajador de los Estados Unidos en París.

Su regreso fue algo que lo decepcionó. Siguió escribiendo críticamente contra la doble moral puritana, contra los demócratas y contra la religión, lo que le hizo perder amigos y ganar enemigos. Murió en la ciudad de Nueva Cork, el 8 de Junio 1809. Sin duda fue un adelantado para su época.

El libro lo pueden leer aquí. A quienes no lo hayan hecho, les prometo un cambio de paradigmas, una nueva forma de entender las revoluciones y la historia.

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Mujeres taromenane en el Parque Nacional Yasuní

Se estima que hoy en día aún existen en torno a un centenar de tribus que viven completamente al margen de la modernidad, principalmente en el Amazonas y Nueva Guinea. Según declara la ONU «para estos pueblos el aislamiento no ha sido una opción voluntaria sino una estrategia de supervivencia». El protocolo que establece para tratarlas consiste pues en procurar dejarlas tranquilas hasta que sean ellas, si lo desean, las que inicien el acercamiento a poblaciones vecinas. ¿Pero qué ocurre cuando, de una forma u otra, ese contacto se produce? Según afirmaba en esta entrevista el indigenista Jose Carlos Meirelles:

“El primer problema de los indios cuando entran en nuestro mundo son las enfermedades, pero también hay otra cosa. El indígena que sobrevive a las enfermedades todavía tiene que hacer un esfuerzo para no enloquecer. Son muchas informaciones, un mundo totalmente distinto al suyo. Si el indígena no es una persona mentalmente fuerte se acaba volviendo loco, acaba bebiendo o intenta suicidarse.”

Leer mas en: Jot Down

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