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El 22 de noviembre 1963 sucedió lo impensable: John F. Kennedy, el presidente más popular y carismático de los Estados Unidos era asesinado. Mientras el país aún estaba en shock y lloraba su muerte, la Reserva Federal ya tenía en marcha un plan para honrar su memoria. De hecho, se dice que los planes para acuñar una moneda con el perfil de Kennedy, comenzaron ese mismo día, a pocas horas de su muerte.

Reacción en las calles frente al asesinato de Kennedy, 22 de noviembre de 1963 © Wayne Miller / Magnum Photos

Reacción en las calles frente al asesinato de Kennedy, 22 de noviembre de 1963
© Wayne Miller / Magnum Photos

Para este homenaje fueron consideradas las monedas de 25 centavos, medio dólar y de un dólar. A la final se decidió que la más conveniente sería la de medio dólar. Se dio la orden de que los diseños previos fueran más como en plan conmemorativo, con la imagen del ex presidente en el anverso y el sello del águila presidencial en el reverso.

A pesar de todas las buenas intenciones, se les presentó un problema. De acuerdo a la Ley de Acuñación de Monedas que regía desde 1963, el diseño de una moneda debía estar en circulación por lo menos 25 años para ser cambiado. La moneda de medio dólar que se acuñaba en ese momento, era el medio dólar de Franklin, que estaba circulado desde apenas 15 años. Sería necesaria una legislación especial para aprobar la producción del medio dólar de Kennedy. El Congreso por supuesto aprobó esta legislación – la Ley de 30 de diciembre de 1963 – en sólo unas pocas semanas.

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Se acuñó una prueba de monedas de medio del dólar de Kennedy a inicios de 1964. Las primeras monedas que salieron de este primer molde original tenían lo que ahora se conoce como “los cabellos acentuados”, pero por alguna desconocida razón ese diseño fue modificado después de aquella primera producción.

Hay rumores de que a la ex primera dama, Jacqueline Kennedy, no le gustaba el diseño porque se veía un mechón de cabello pronunciado sobre la oreja, como despeinado. Otro motivo -más factible- puede haber sido para debilitar un poco el diseño y gastar menos metal (todavía era plata) en su producción. De cualquier forma, el medio dólar de Kennedy se hizo muy popular entre los coleccionistas y más que nada en el público en general. La demanda de los ejemplares de la primera prueba fue tan alta, que entre finales de enero y principios de febrero, todas las monedas acuñadas que fueron puestas en circulación desaparecieron.

A la izquierda un ejemplo de "los cabellos acentuados" de 1964

A la izquierda un ejemplo de “los cabellos acentuados” de 1964

Irónicamente, el medio dólar de Kennedy fue el que acabó con la circulación de las monedas de medio dólar. Fue inicialmente concebida para ser una moneda de normal circulación, pero este nuevo medio dolar fue acaparado por el público y era casi inexistente en transacciones. De hecho, hasta antes de 1964, la moneda de medio dólar fue un elemento clave del comercio americano diario y doméstico. Tan normal era su uso, que cada caja registradora era fabricada con su respectivo espacio para los medios dólares (ahora ya no), pero después del lanzamiento de la famosa moneda, el público conservó la mayor parte de la producción y se creó una escasez a nivel general.

Con temor a que repita eventualmente el mismo fenómeno, en 1965, la Reserva Federal decidió retirar de circulación todas las monedas de plata a excepción de los pocos Kennedy que aún circulaban, porque habían sido diseñados con un contenido de plata más bajo. El remedio fue peor que la enfermedad porque ahora fueron acaparadas por su alto contenido de plata todas las monedas de 50, 25 y 10 centavos diseñadas antes de 1965, creando una escasez aún mayor de circulante. En 1971, cuando la plata fue retirada completamente de todas las monedas de medio dólar, la demanda y el uso de las mismas disminuyó drásticamente.

Diseños de 0,50 cetvs. que circularon

Diseños de 0,50 cetvs. que circularon

El medio dólar de Kennedy de 1964 fue atesorado por casi todas las familias norteamericanas, pero aún así, sigue siendo una moneda de colección muy cotizada.

Algo muy curioso es que esa nueva crisis de circulante generó otro fenómeno: ahora es fácil encontrarlas a la venta de acuerdo a su cantidad de plata en la aleación. Una moneda de 1964 puede alcanzar precios de $ 1200 a $ 2800. Las que son escasas y por ende más cotizadas son las de la primera tanda de “los cabellos acentuados” que alcanzan precios de hasta $ 5000. Hay para todos los gustos, porque si eres un verdadero aficionado a la numismática y si tienes las posibilidades, puedes encontrar verdaderas joyas del 64 a las que se les pule y les dan un tratamiento especial de esmerilado llamado Ultra Cameo –como a ésta-, que fácil te cuestan $12 000. Ahora, este tipo de negocio trajo de la mano a otros profesionales y revalorizó a los casi extintos expertos numismáticos, especialmente porque en los últimos años se han acuñado más tirajes de aquel diseño de prueba para satisfacer la demanda de los coleccionistas.

El féretro de Kennedy llegando a la Casa Blanca desde el Hospital Naval de Bethesda, 1963  © Cornell Capa C / Magnum Photos

El féretro de Kennedy llegando a la Casa Blanca desde el Hospital Naval de Bethesda, 1963
© Cornell Capa C / Magnum Photos

Esta moneda nació de la tristeza de una nación y se convirtió en un artículo de colección por motivos sentimentales. En los Estados Unidos todavía hay mucha gente que cree que si John F. Kennedy no hubiese sido asesinado ese día y lograba culminar su mandato como presidente, el mundo sería ahora un lugar totalmente diferente.

El medio dólar estadounidense prácticamente desapareció y dejó de ser una moneda de curso legal, de hecho, ya ninguna máquina expendedora o de teléfonos la acepta. Esto hizo que la moneda de 25 centavos, el quarter, sea la más utilizada en transacciones comerciales y domésticas.

Fuente: Sentado frente al mundo.

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El socialismo tiene un estupendo nombre para el marketing. Suena a social, humano, sensible y solidario. (En claro contraste, el capitalismo tiene nombre de finanzas, de lucro insensible, de frialdad).

Pero el socialismo no es nada de eso. O al menos, eso no describe los medios incluso si esos fueran los fines buscados por sus proponentes. El socialismo no es nada más y nada menos que la planificación central. Siendo el ser humano único en el reino animal por su capacidad racional a costa de los instintos, no tiene los medios y los fines dados como otros seres vivos. Otros seres vivos pueden sobrevivir instintivamente a las horas, días o semanas de nacimiento. El ser humano paga el don de la razón (su córtex prefrontal si nos ponemos rigurosos) con una marcada disminución de los instintos y una alta vulnerabilidad inicial. Es por ello que debe descubrir o aprender de otros los medios y fines para su supervivencia. Por eso el aprendizaje, la educación y la cultura juegan un rol tan crucial para el ser humano. Por eso las instituciones (prácticas comunes, reglas, constructos) juegan un rol tan crucial para el ser humano.

La sociedad y la coordinación de acciones

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La división del trabajo y el conocimiento.

La sociedad es la cooperación mutuamente beneficiosa ya no con los propios sino con los extraños. Como señaló F. A. Hayek los seres humanos nos movemos entre dos órdenes todo el tiempo: uno íntimo/personal y otro ampliado o social. En la sociedad ampliada el cómo cooperar, el qué podemos ofrecer a otros y obtener de otros mediante intercambios libres y qué hacer por nosotros mismos debe ser descubierto y replanteado a cada paso. Cambia el entorno, cambian las prioridades y acciones ajenas, cambia el conocimiento disponible. Las empresas (a diferencia de proyectos o iniciativas puntuales) son centros de acumulación y generación de conocimiento productivo en ese mismo sentido, dicho sea de paso.

¿Dónde entra el socialismo en todo esto?

Si la naturaleza humana es la de un ser que debe descubrir adaptativamente los medios y los fines para sus acciones, restringirle o diseñarle aquellos necesariamente traerá caos y descoordinación social. El socialismo es la imposición mediante la amenaza del uso de la fuerza física (eso son las leyes, decretos y mandatos coactivos gubernamentales) de los medios y por ende, la restricción de los fines posibles. F. A. Hayek cerraba su exposición de los dos órdenes diciendo que aplicar las reglas de uno de ambos órdenes (íntimo o ampliado) al otro, le destruiría irremediablemente.

La exposición hasta ahora ha sido epistemológica y sociológica. Pero la coordinación social tiene como herramientas sine qua non la propiedad privada y su fruto: el sistema de precios. Sin precios formados en los mercados, nadie sabe si está haciendo algo valioso para la sociedad en su conjunto. No hablo de actos de bondad o cooperación en la esfera inmediata. Sí de integrarse constructivamente como individuos y organizaciones (taxis) a la división del trabajo y el conocimiento que es la sociedad (cosmos).

Ricardo, Marx y el intento de teoría objetiva del valor

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Las ideas marxistas prescindían del entrepreneur.

David Ricardo fue el más insigne seguidor anglosajón de Adam Smith. Los anglosajones se habían estancado -estancando con ellos a la ciencia económica durante el siguiente siglo- en la llamada paradoja del valor. Pensaron los llamados economistas clásicos anglosajones que era paradójico que los diamantes sean más valiosos que el agua (o los panes), lo cual sólo podía explicarse por el costo (y riesgos) de producción de aquellos. El ricardianismo fue el intento de volver “objetiva” –materialista en realidad– a la Economía mediante buscar una medida común para todas las actividades y productos en un territorio. Fue un esfuerzo tortuoso que a su vez Karl Marx aprovechó explícitamente -en sus escritos hallamos loas frontales a Ricardo- para explicar el valor de los bienes en términos de horas-hombre trabajadas. Desde luego de expresar todo en horas-hombre a concluir que cien obreros manuales aportan más valor que media docena de directivos hay un pequeño paso. Y así nace el marxismo. Es la idea de que los bienes son valiosos porque hay esfuerzos previos detrás y por tanto los esfuerzos -mientras más sudorosos mejor- deben premiarse en sí mismos.

Pero en 1871 la Economía da un giro copernicano y la aparente paradoja del valor se resuelve explicando que la propia pregunta estaba mal planteada. No tiene sentido preguntarnos por qué “los diamantes” son más valiosos que “el agua” o “los panes” porque ningún actor humano elige jamás entre categorías de bienes. Elige entre cantidades discretas o limitadas de ellos. En la inmensa mayoría de contextos, los galones de agua y los panes son más abundantes como unidades que los diamantes. No en medio del desierto por ejemplo, donde un hombre a punto de morir de sed cambiará muy razonablemente un diamante por agua que le salve la vida. El valor es un fenómeno contexto-dependiente, es decir subjetivo. Depende de un sujeto que valore el bien. Nada es un bien si no es entendido y útil como medio para los fines de un ser humano o grupo de ellos.

El pensamiento marginalista permitía entonces entender los fenómenos económicos como una negociación dinámica entre oferta y demanda, entre el productor que propone y el consumidor que dispone. Así podía entenderse -y desde la política, respetarse- el proceso de creación de riqueza que ha ido sacando a cada vez más seres humanos de la pobreza (y definamos pobreza como proximidad a la inanición) en que vivimos como especie durante al menos 2.000 siglos.

Pero desde luego el marxismo ignoró la revolución marginalista y tomó la receta marxista como diagnóstico y receta para crear sistemas políticos de planificación central de la sociedad. Y la economía es la sociedad. Los resultados fueron desastrosos: éxitos militares, espaciales y de ciencia pura, con una total negligencia, falta de creatividad y énfasis en la calidad de vida cotidiana de la gente. Incluso la industria pesada adolecía de gravísimos problemas de insuficiencia de insumos o productos pobremente terminados. La función empresarial no sólo estaba impedida sino que como ya se dijo  carecía de su herramienta principal: los precios, que permiten saber si cada proyecto terminado y bien producido valen la pena. Sólo comparando honestamente el total de costos de producción con el precio final en una economía abierta, es posible saber a cada paso si la sociedad está destruyendo, reponiendo o agregando riqueza con respecto al año pasado.

Heinz Dieterich propone el socialismo del siglo XXI

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Heinz Dieterich

Finalmente, con la caída del Muro del Berlín, buena parte de la izquierda política tiene que aceptar lo que le era teóricamente inconcebible: el sistema marxista no llevaba a abundancia alguna y el atraso respecto a economías mayormente libres era abismal. Buena parte de la izquierda se refugia en el ecologismo o ensaya toda clase de tesis altermundistas para simplemente rechazar de raíz la competencia que habían perdido. Pero el llamado Foro de Sao Paulo -encabezado por Castro, el movimiento obrero brasilero y algunas guerrillas regionales- no se daba por vencido. Buscaba una receta reformista y democrática para ensayar el socialismo en Latinoamérica. Aquí aparece Dieterich, profesor de la UNAM (México). Plantea que los mercados no son despreciables y que una economía funcional requiere de ellos. Sin embargo busca que el rol coordinador no lo tengan la propiedad y los precios sino el Estado diseñando propiedades y dando señalización para distintas áreas. Es decir algo así como el modelo asiático-autoritario de los 60’s y 70’s, pero con componentes públicos mucho más fuertes. Y además -y este es el meollo de su cuestionado aporte al debate económico- una restauración de la idea de calcular el valor en horas-hombre para así reconocer -según esta idea- el verdadero aporte de los trabajadores vis a vis el de los gerentes, capitalistas y prestamistas del sistema económico.

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Venezuela luego de una década y más de socialismo.

El problema es que el socialismo parcial sigue siendo un sistema de descoordinación social. Como señaló Murray Rothbard: si la planificación central es invitable, lo que existe en realidad es prohibición central. Esto trae cortoplacismo, baja calidad de vida, delincuencia (pues la inseguridad política, legal e institucional genera comportamientos poco pacíficos) y desesperanza.

La receta dieterichiana está condenada al fracaso aunque sea más lentamente. De ese esquema  no pueden surgir empresas ni proyectos realmente innovadores (en el sentido de originales) que el mundo o los vecinos quieran imitar.

Conclusión

La coordinación social requiere de millones de tratos libres coordinándose mediante instituciones (lenguaje, cortes, propiedad, etc) y el sistema de precios que refleje disponibilidades de recursos y prioridades de la población. Puede no gustarnos lo que la gente prefiere y decide elegir a cada paso. Pero los medios forzosos para diseñar lo que deben preferir y cómo deben organizarse suelen tener consecuencias no intencionadas y contraproducentes. Esto ya lo demostró el gran economista del siglo XX, Ludwig von Mises desde 1921. El socialismo del siglo XXI no puede ser una excepción: al enfatizar el rol del Estado no solamente introduce una cultura ciudadana asistencialista y una cultura política populista, sino que impide esencialmente el proceso de creación de empresas, proyectos y productos de alta calidad y valor agregado. Al contrario, la pobreza y la dependencia del Estado serán consecuencias inevitables. Es por eso que al retomar de ese modo la línea de Ricardo y Marx para intentar entender y dirigir una economía, un país quedará atrapado entre Dieterich y una mujer que nadie quiere desnudar.

“El que lo dice lo es”, dicho popular que lo recuerdo desde que asistí a la escuela, el mismo que siempre captó mi atención y análisis al comprobar que la sentencia era implacable cuando se pasa de la retórica al hecho

     Debemos admitir que los dichos populares son un gran reflejo o proyección del comportamiento humano, algunos expresan las prácticas regionales o concretan una enseñanza basada en una supuesta experiencia, y otros como el mencionado tal vez adquieren un carácter universal, probablemente porque alude al lenguaje, independientemente del idioma. El verbo decir implica actualmente una serie de connotaciones emocionales como legales, tanto así que un ser puede terminar privado de la libertad por decir algo catalogado como delito. El decir implica en sí el poder que el ser humano atribuye a la palabra.

     En algunos de los tantos planteamientos y estudios de la psicología a cerca del lenguaje, sobretodo en corrientes psicoanalíticas, podemos encontrar el popular “el que lo dice lo es”, parafraseado y extendido hasta los orígenes psíquicos que llevan al ser a una auto-sentencia con sus palabras, a delatar su alma a través de una proyección oral. Dicha proyección no es propia de alguna estructura psíquica específica, ya que aplica en las neurosis, en las perversiones e incluso en las psicosis. Para no entrar en detalles que pueden resultar aburridos a quienes no interesan los términos psicoanalíticos, resumiré que cada estructura psíquica tiene una manera de expresión peculiar, por ejemplo, cuando escuchamos a alguien decir: “esa persona me cae mal porque se hace la interesante”, podemos descubrir una neurosis por la manera demandante o la queja que manifiesta, en la que “esa persona” es con quien se identifica en cuanto a un comportamiento de “hacerse el interesante”, que bien puede ser el producto interno de algún complejo que se presenta con una timidez en el propio locutor.

     Otro ejemplo puede ser cuando escuchamos que alguien utiliza una metáfora: “Las flores de ese árbol están marchitas como los sentimientos”, podemos identificar que no se refiere al árbol en sí, sino a una descripción depresiva desde su interior, proveniente de alguna pérdida personal.

     Y un tercer y último ejemplo es el discurso acusatorio, propio de estructuras perversas: “Ellos son los que nos hacen daño con sus mentiras, traiciones, robos y venta de nuestra Patria querida” , en este tipo de discursos, comunes en líderes o personas que se dirigen a masas, se encuentra un goce perverso, el engaño y abyección a la vez, por un lado se ataca a quien se considera “enemigo”, disminuyéndolo con las acusaciones y por otro se desvía la atención de los oyentes del propio locutor, colocándose así fuera de todos los “defectos” que descubrió en otros pero que sin embargo salen de su propia mente y boca, es donde mejor se aplica el dicho “el que lo dice lo es”

Antecedentes Históricos.

En el año 476 de nuestra era, Odoacro, jefe de la tribu germana de los hérulos, depuso al último emperador romano de occidente, Rómulo Augústulo, y se proclamó rey. Lo acompañaban diversas otras tribus germanas,como bien apunta Miguel Duro Moreno,

            Los pueblos germanos (así llamados por tener una identidad de costumbres y una procedencia geográfica común: el étimo del vocablo “hermano” es el latino germanus) eran en su totalidad extraños (barbaros) a las formas de organización de la sociedad dispuestas o prescritas por el imperio romano. Cuando, a partir del 476, burgundios, francos, frisones, lombardos, ostrogodos, suevos, vándalos, visigodos… comenzaron a llegar en oleadas a las antiguas provincias de occidente, se trajeron consigo su lengua y sus usos, y también su arte y su derecho; este último, denominado consuetudinario por estar fundamentado en la costumbre (en latín, consuetudo, consuetudinis), se mezcló con la legislación romana vulgar y dio pábulo, en cada una de ellas, a la progresiva formación de un derecho nacional o gentilicio.  (Duro Moreno, 2005)

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