Los demócratas (desde Habermas, pasando por Hillary Clinton y Fukuyama entre una larga serie de propagandistas del democratismo) han sembrado la ilusión de que no tenemos más remedio que elegir entre la democracia de masas y la dictadura. Es decir, que si no elegimos todos por todos, la otra única posibilidad es que elija alguien por todos. En realidad hay, siempre hubo -y para al menos el 90% de asuntos de la vida humana es así como vivimos- una tercera y más pulcra alternativa: la libertad individual. La libertad individual se ejerce sobre el propio cuerpo, nuestras acciones con y desde dicho cuerpo, nuestros bienes propios y los bienes ajenos a los que tengamos acceso por invitación -es decir, mediante tratos libres.

En realidad el continuo es uno de Dictadura > Democracia > Sociedad Libre.Los sistemas politicos en esencia

En una Dictadura, un hombre o una cúpula deciden por todos (recordemos que el poder no es ni liderazgo ni influencia, en el mejor de los casos a estos dos últimos se les puede llama “soft power” con el léxico de la ciencia política). Es decir que deciden (no presiona, no inspiran, no sugieren: mandan) sobre los cuerpos y bienes de otros. La Democracia puede parecer una mejora sustancial, pero en realidad la Ley de Hierro de la Oligarquía (observación de Michels, sociólogo de izquierda, para más señas) nos indica que aunque las decisiones sean colectivas, su ejecución -y amplios poderes para ello- de todas maneras será irremediablemente asunto de una cúpula. Eso significa que el ropaje democrático es siempre útil para el Establishment político: le da legitimidad a cualquier acción arbitraria “porque nos lo hacemos a nosotros mismos”.

Esto es secundario en realidad, el principal problema de la democracia es que decidimos -imponemos- por los demás en temas ilegítimos. ¿Cómo saber qué es legítimo de votarse o delegarse mediante voto? Es bastante simple en realidad: todo lo que no permitiríamos a un vecino imponernos (decirnos qué comer o no, cómo vestirnos, qué pensar, si utilizar drogas para curarnos/placer/mejorarnos y cuáles, cuánto aportar a X o Y causa social/religiosa/ecológica) la suma de vecinos (- eso es la sociedad que tanto nos gusta idealizar: la suma de los vecinos geográficos- tampoco puede imponernos. La suma de vecinos no adquiere legitimidad para imponer que los vecinos individualmente no tiene sobre nosotros. La mayor parte del tiempo la democracia es una dictadura de las mayorías, directa (si es democracia directa) o indirecta (si hay centralización de poder territorialmente o en ciertos personajes). La democracia ha causado cortoplacismo (consumismo) cultural, países endeudados, tiranías y guerras para imponerla.

La Sociedad Libre (o Sociedad Abierta) en cambio se construye mediante el respeto máximo posible (y sobre el término posible hay un vigoroso y necesario debate entre localistas-autonomistas, republicano-liberales, minarquistas y anarcoliberales) a la autonomía del individuo. Se parte de la premisa de que podemos hacer cualquier cosa en nosotros y nuestros bienes que no invada o destruya la integridad física o bienes de terceros que no lo consienten.

Todos los sistemas políticos antiguos y contemporáneos han sido dictaduras, democracias o sociedades libres. Hay abundantes casos de cada uno de los tres en diversos grados y con inevitables resultados. Desde luego, pues todo país tiene ocasionales comportamientos mafioso-dictatoriales, democracias o asambleas comunales o grandes espacios de autonomía individual que se ven bajo amenaza de los dos primeros utilizando leyes e impuestos todo el tiempo. La próxima vez que alguien le diga que usted debe elegir entre dictadura y democracia, respóndale que no es necesario ni justo elegir entre dictadura individual o dictadura de las mayorías: es posible ir devolviendo autonomía a los individuos para trazar sus redes de cooperación personal y productiva según su propio ritmo y deseo.

Quizás es hora de atreverse a ver más allá de la democracia.

 

 

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Tenía 6 años. Aún recuerdo mi rostro de impotencia el día que mis padres, después de meses de haber salido de una escuela católica, y haberme quedado en casa, decidieron matricularme en una escuelita fiscal.

Mi primer día fue de pesadilla. Los chicos estaban muy aventajados en cosas tan pedestres como saber de memoria el Himno Nacional, jugar a las canicas como endemoniados y al fútbol como cracks del gremio constructor (léase, albañiles). Mientras tanto, yo como buen hijito de papá, pensaba en el disco de Mozart que me habían regalado ese verano, o en la versión condensada de la Ilíada con la que aprendí a leer (sí, soy un freak desde tierna edad). Aún invade mis pesadillas la imagen de Patroclo siendo atravesado por la lanza de Héctor. Maldita sea, si van a publicar versiones infantiles de clásicos, no las llenen de ilustraciones así…. En fin, estoy divagando.

El asunto es que más allá de la convivencia con personas de un estrato social con el que jamás había tenido contacto en mi corta vida, existía toda una estructura diseñada para hacer mi existencia lo más incómoda posible por ser el niño nuevo. La profesora me mandaba deberes sobre temas que yo no conocía nada, por haber entrado casi al finalizar el año. El conserje no me quería dejar entrar porque no me conocía. El director no daba la orden de que me den el carnet, quién sabe por qué razón. No tenía el uniforme aún, motivo suficiente para que me saquen de la formación y me exhiban ante toda la escuela como mutante en feria gitana. Yo no era “José”. Era “Molina”, o peor aún “El niño nuevo”. El bus escolar a veces olvidaba recogerme en mi casa y mi padre debía hacer a un lado cualquier otra cosa importante que su agitada vida de cañicultor y ganadero le demandara (por ejemplo ver noticias en TV, llenar un crucigrama o entrenar sus gallos de pelea), para llevarme en el aguerrido Nissan Patrol. No duré mucho en esa escuela. Después de haber pasado por los hermanos maristas y por la educación estatal, fui a parar a una unidad educativa un tanto hippie, privada, laica, donde cada quien hacía lo que quería. Estuve hasta la secundaria y pienso que fueron los años más felices de mi vida. Han pasado 32 años y siento un extraño Deja Vú.

Acabo de ingresar al sector público (jefecito, si lee esto no me despida). El “biométrico” reconoce mi huella digital al quinto intento. Mi jefe me manda tareas que fueron responsabilidad de alguien más y que prefirió irse a vivir la comodidad del rango de asesor. Por alguna razón que no alcanzo a entender, el director no da la orden de que me entreguen el carnet. Mis compañeros son unos capos politólogos que hablan de fútbol, comida, y cosas así, mientras yo tengo sobre mi escritorio un libro de Ortega y Gasset esperando que lo lea nuevamente (sí, soy un freak aún). Los politólogos son una clase de seres humanos con los que jamás había convivido. Aún no logro adivinar por dónde pasa el bus del recorrido, lastimosamente mi padre ya no está aquí para llevarme. Soy el niño nuevo. No tengo el chaleco horrible del uniforme. La recepcionista me pide que planifique anticipadamente lo que voy a hacer en mis horas extras. El guardia por fin me reconoce y me deja entrar, pero mis compañeros y compañeras siguen preguntando cómo me llamo. “Amigo, colabora para el botellón de agua”, dice la chica guapa… Por suerte nadie me llama “Molina”. Para colmo mi declaración patrimonial juramentada está mal, debo hacerla nuevamente, porque el señor inspector malvado me quiere castigar (el de Recursos Humanos).

Todo esto ha hecho que cuestione mi decisión de ingresar al extraño “submundo” de la burocracia, pero después de año y medio de estar en casa, pensando en Mozart, Pink Floyd, Marx, la Ilíada y Ortega y Gasset, debía hacer algo con mi vida. Añoro esos 14 años en la empresa privada que, luego de los 9 que pasé en la escuela y colegio hippie, fueron la mejor época de mi vida. Las cosas no eran perfectas en el mundo empresarial, pero al menos funcionaban de manera medianamente eficiente. No, no fue mi padre quien me sacó de ahí. Esta vez fui yo.

Soy el niño nuevo otra vez. Auxilio.

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El socialismo tiene un estupendo nombre para el marketing. Suena a social, humano, sensible y solidario. (En claro contraste, el capitalismo tiene nombre de finanzas, de lucro insensible, de frialdad).

Pero el socialismo no es nada de eso. O al menos, eso no describe los medios incluso si esos fueran los fines buscados por sus proponentes. El socialismo no es nada más y nada menos que la planificación central. Siendo el ser humano único en el reino animal por su capacidad racional a costa de los instintos, no tiene los medios y los fines dados como otros seres vivos. Otros seres vivos pueden sobrevivir instintivamente a las horas, días o semanas de nacimiento. El ser humano paga el don de la razón (su córtex prefrontal si nos ponemos rigurosos) con una marcada disminución de los instintos y una alta vulnerabilidad inicial. Es por ello que debe descubrir o aprender de otros los medios y fines para su supervivencia. Por eso el aprendizaje, la educación y la cultura juegan un rol tan crucial para el ser humano. Por eso las instituciones (prácticas comunes, reglas, constructos) juegan un rol tan crucial para el ser humano.

La sociedad y la coordinación de acciones

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La división del trabajo y el conocimiento.

La sociedad es la cooperación mutuamente beneficiosa ya no con los propios sino con los extraños. Como señaló F. A. Hayek los seres humanos nos movemos entre dos órdenes todo el tiempo: uno íntimo/personal y otro ampliado o social. En la sociedad ampliada el cómo cooperar, el qué podemos ofrecer a otros y obtener de otros mediante intercambios libres y qué hacer por nosotros mismos debe ser descubierto y replanteado a cada paso. Cambia el entorno, cambian las prioridades y acciones ajenas, cambia el conocimiento disponible. Las empresas (a diferencia de proyectos o iniciativas puntuales) son centros de acumulación y generación de conocimiento productivo en ese mismo sentido, dicho sea de paso.

¿Dónde entra el socialismo en todo esto?

Si la naturaleza humana es la de un ser que debe descubrir adaptativamente los medios y los fines para sus acciones, restringirle o diseñarle aquellos necesariamente traerá caos y descoordinación social. El socialismo es la imposición mediante la amenaza del uso de la fuerza física (eso son las leyes, decretos y mandatos coactivos gubernamentales) de los medios y por ende, la restricción de los fines posibles. F. A. Hayek cerraba su exposición de los dos órdenes diciendo que aplicar las reglas de uno de ambos órdenes (íntimo o ampliado) al otro, le destruiría irremediablemente.

La exposición hasta ahora ha sido epistemológica y sociológica. Pero la coordinación social tiene como herramientas sine qua non la propiedad privada y su fruto: el sistema de precios. Sin precios formados en los mercados, nadie sabe si está haciendo algo valioso para la sociedad en su conjunto. No hablo de actos de bondad o cooperación en la esfera inmediata. Sí de integrarse constructivamente como individuos y organizaciones (taxis) a la división del trabajo y el conocimiento que es la sociedad (cosmos).

Ricardo, Marx y el intento de teoría objetiva del valor

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Las ideas marxistas prescindían del entrepreneur.

David Ricardo fue el más insigne seguidor anglosajón de Adam Smith. Los anglosajones se habían estancado -estancando con ellos a la ciencia económica durante el siguiente siglo- en la llamada paradoja del valor. Pensaron los llamados economistas clásicos anglosajones que era paradójico que los diamantes sean más valiosos que el agua (o los panes), lo cual sólo podía explicarse por el costo (y riesgos) de producción de aquellos. El ricardianismo fue el intento de volver “objetiva” –materialista en realidad– a la Economía mediante buscar una medida común para todas las actividades y productos en un territorio. Fue un esfuerzo tortuoso que a su vez Karl Marx aprovechó explícitamente -en sus escritos hallamos loas frontales a Ricardo- para explicar el valor de los bienes en términos de horas-hombre trabajadas. Desde luego de expresar todo en horas-hombre a concluir que cien obreros manuales aportan más valor que media docena de directivos hay un pequeño paso. Y así nace el marxismo. Es la idea de que los bienes son valiosos porque hay esfuerzos previos detrás y por tanto los esfuerzos -mientras más sudorosos mejor- deben premiarse en sí mismos.

Pero en 1871 la Economía da un giro copernicano y la aparente paradoja del valor se resuelve explicando que la propia pregunta estaba mal planteada. No tiene sentido preguntarnos por qué “los diamantes” son más valiosos que “el agua” o “los panes” porque ningún actor humano elige jamás entre categorías de bienes. Elige entre cantidades discretas o limitadas de ellos. En la inmensa mayoría de contextos, los galones de agua y los panes son más abundantes como unidades que los diamantes. No en medio del desierto por ejemplo, donde un hombre a punto de morir de sed cambiará muy razonablemente un diamante por agua que le salve la vida. El valor es un fenómeno contexto-dependiente, es decir subjetivo. Depende de un sujeto que valore el bien. Nada es un bien si no es entendido y útil como medio para los fines de un ser humano o grupo de ellos.

El pensamiento marginalista permitía entonces entender los fenómenos económicos como una negociación dinámica entre oferta y demanda, entre el productor que propone y el consumidor que dispone. Así podía entenderse -y desde la política, respetarse- el proceso de creación de riqueza que ha ido sacando a cada vez más seres humanos de la pobreza (y definamos pobreza como proximidad a la inanición) en que vivimos como especie durante al menos 2.000 siglos.

Pero desde luego el marxismo ignoró la revolución marginalista y tomó la receta marxista como diagnóstico y receta para crear sistemas políticos de planificación central de la sociedad. Y la economía es la sociedad. Los resultados fueron desastrosos: éxitos militares, espaciales y de ciencia pura, con una total negligencia, falta de creatividad y énfasis en la calidad de vida cotidiana de la gente. Incluso la industria pesada adolecía de gravísimos problemas de insuficiencia de insumos o productos pobremente terminados. La función empresarial no sólo estaba impedida sino que como ya se dijo  carecía de su herramienta principal: los precios, que permiten saber si cada proyecto terminado y bien producido valen la pena. Sólo comparando honestamente el total de costos de producción con el precio final en una economía abierta, es posible saber a cada paso si la sociedad está destruyendo, reponiendo o agregando riqueza con respecto al año pasado.

Heinz Dieterich propone el socialismo del siglo XXI

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Heinz Dieterich

Finalmente, con la caída del Muro del Berlín, buena parte de la izquierda política tiene que aceptar lo que le era teóricamente inconcebible: el sistema marxista no llevaba a abundancia alguna y el atraso respecto a economías mayormente libres era abismal. Buena parte de la izquierda se refugia en el ecologismo o ensaya toda clase de tesis altermundistas para simplemente rechazar de raíz la competencia que habían perdido. Pero el llamado Foro de Sao Paulo -encabezado por Castro, el movimiento obrero brasilero y algunas guerrillas regionales- no se daba por vencido. Buscaba una receta reformista y democrática para ensayar el socialismo en Latinoamérica. Aquí aparece Dieterich, profesor de la UNAM (México). Plantea que los mercados no son despreciables y que una economía funcional requiere de ellos. Sin embargo busca que el rol coordinador no lo tengan la propiedad y los precios sino el Estado diseñando propiedades y dando señalización para distintas áreas. Es decir algo así como el modelo asiático-autoritario de los 60’s y 70’s, pero con componentes públicos mucho más fuertes. Y además -y este es el meollo de su cuestionado aporte al debate económico- una restauración de la idea de calcular el valor en horas-hombre para así reconocer -según esta idea- el verdadero aporte de los trabajadores vis a vis el de los gerentes, capitalistas y prestamistas del sistema económico.

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Venezuela luego de una década y más de socialismo.

El problema es que el socialismo parcial sigue siendo un sistema de descoordinación social. Como señaló Murray Rothbard: si la planificación central es invitable, lo que existe en realidad es prohibición central. Esto trae cortoplacismo, baja calidad de vida, delincuencia (pues la inseguridad política, legal e institucional genera comportamientos poco pacíficos) y desesperanza.

La receta dieterichiana está condenada al fracaso aunque sea más lentamente. De ese esquema  no pueden surgir empresas ni proyectos realmente innovadores (en el sentido de originales) que el mundo o los vecinos quieran imitar.

Conclusión

La coordinación social requiere de millones de tratos libres coordinándose mediante instituciones (lenguaje, cortes, propiedad, etc) y el sistema de precios que refleje disponibilidades de recursos y prioridades de la población. Puede no gustarnos lo que la gente prefiere y decide elegir a cada paso. Pero los medios forzosos para diseñar lo que deben preferir y cómo deben organizarse suelen tener consecuencias no intencionadas y contraproducentes. Esto ya lo demostró el gran economista del siglo XX, Ludwig von Mises desde 1921. El socialismo del siglo XXI no puede ser una excepción: al enfatizar el rol del Estado no solamente introduce una cultura ciudadana asistencialista y una cultura política populista, sino que impide esencialmente el proceso de creación de empresas, proyectos y productos de alta calidad y valor agregado. Al contrario, la pobreza y la dependencia del Estado serán consecuencias inevitables. Es por eso que al retomar de ese modo la línea de Ricardo y Marx para intentar entender y dirigir una economía, un país quedará atrapado entre Dieterich y una mujer que nadie quiere desnudar.

            A inicios de la llamada “Revolución Ciudadana”, cuando aún creía en ella, me encontraba buscando trabajo en algún proyecto social. Vi un anuncio en diario “El Comercio” en el que mencionaban ciertas competencias afines a mi experiencia de ese entonces

–          Buenos días!!!  Vengo a dejar mi carpeta, vi un anuncio en el periódico en el que decía que necesitaban psicólogos…(le comento a un policía que se hallaba sentado frente a un escritorio a la entrada de un pequeño edificio público).

–         El policía contesta: ¿tiene su cédula?… oh no!!, siga, siga nomás…

–          ¿Dónde dejo o a quién entrego? – pregunto -.

–          Vaya a recursos humanos en el segundo piso…- explica el policía -.

     Subo por las gradas y llego al segundo piso, sólo se observaban oficinas vacías a los dos lados de un pasillo central, las 8 con las puertas abiertas y computadoras encendidas con protectores de pantalla, las cuales podía observar ya que estaban separadas por paneles de madera con vidrios en las mitades superiores que se unen al techo.

     Escucho ciertos rumores y risas al fondo de las oficinas, mientras me acerco, leo arriba de una puerta un cartel pequeño: “recursos humanos”, la puerta abierta y la oficina vacía. Me acerco a la sala de dónde provenían las risas, al final del pasillo y alzo la voz con un saludo: “Buenos días!!!”, sale de la oficina una joven y le explico el por qué estoy allí, ella entiende rápidamente, antes de explicarle todo y advierte que va a llamar a la “Doctora de Recursos Humanos”.

 –          Buenos días!!!…- le digo mi nombre y profesión,  le explico que leí en el periódico sobre un anuncio en el que se solicitaba el servicio profesional de Psicólogos, etc, etc…

     La señorita casi ni me mira y mientras trato de entregarle mi carpeta, me dice: “mejor envíeme por mail, todos me han mandado al mail”, me escribe en un papel. Desconcertado por la contradicción entre el anuncio que indicaba la dirección dónde dejar la carpeta y la respuesta de la señorita, asiento con la cabeza mientras me retiro un tanto indignado. Ella ingresa de nuevo a la “oficina de las risas” y mientras me alejo haciendo una pausa, pensando en regresar y dejar mi carpeta de todas maneras, escucho más risas acompañadas de un “iiiiichiii” en coro , una voz le pregunta: “¿y quién era..?, la “Doctora en Recursos Humanos” que no recibió mi carpeta, contesta entre más risas: “un pelucón buscando trabajo…”, más desconcertado aun por lo que escucho, decido no acercarme de nuevo y alejarme de ese edificio lo más pronto posible.  Bajo las escaleras, agradezco al policía y salgo del sitio, voy a un negocio cercano de alquiler de PC´s e internet y envío mi “CV” a la dirección de mail, con cuidado de no excederme de media hora porque me quedaría sin dinero para el bus de regreso.

     Pienso en el prejuicio de la burócrata al llamarme “pelucón”  sin ni siquiera saber mis necesidades económicas en dicha época y eliminarme como posible candidato al puesto sin evaluar mi capacidad profesional.

     ¿Cuántos “curriculum mortem” más reposarán en los prejuicios y discriminación de quienes deciden la clase de personas que deben dedicarse a proyectos sociales de un país?

Viendo a Garrick, actor de la Inglaterra, el pueblo al aplaudirlo le decía: Eres el más gracioso de la tierra y el más feliz y el cómico reía.

No creo que llegue el día que me atreva ir a una sabatina a ver al payaso, a menos que el mismo Garrick se levante de su tumba.

Alguien decía que el pueblo sufre y del sufrimiento ejerce una reacción de lucha de búsqueda, de inventiva; recordemos la historia y los pueblos más afectados por la guerra y la persecución son los que más han surgido sin necesidad de verle la sonrisa hipócrita a un payaso que todos los sábados le miente al pueblo con premeditación y alevosía.

Alemania, Polonia, Italia, Francia, etc. fueron destruidos hasta los escombros, los judíos han sido una sociedad perseguida por mas de dos mil años y solamente tienen un pequeño espacio de terreno desde hace 60 años. Como muestra, hoy por hoy sin necesidad de ser una sociedad perfecta, son países que en un relativo corto tiempo se han constituido en el primer mundo; pero no a base de escuchar payasadas los sábados, o domingos; se hicieron a base de trabajo, de organización, de producción, de generación de riqueza.

El Ecuador en particular es un país privilegiado, sus recursos naturales son infinitos, su geología, topografía, situación geográfica con respecto al sol es inmejorable, sus condiciones climáticas no son extremas, tenemos todas las características de un país que debería estar en procesos de desarrollos cultural, económico y social mucho más elevado de lo que en la actualidad tenemos.

No se si responsabilizar a los políticos que como Garrick y su discurso de Santo Precursor mantiene una impávida y sumisa actitud sonriente en sus oyentes, quien se ha convertido en un inquisidor mediático y legal; o a los impávidos oyentes que en lugar de organizarse en pequeñas estructuras productivas, llámense Cooperativas, Pymes, Kibutz, Asociaciones; pero el hecho es generar riqueza, trabajo a base de un esfuerzo si lo quieren llamar mancomunado, pero no le crean al Estado ni busquen recibir regalías u obsequios o bonos de quien es el peor administrador de la riqueza y a la larga termina en la destrucción parcial y total de la económica.

A ver mis estimados, no confundamos chicha con limonada, o como se dice en otras latitudes, la velocidad con el tocino. Si de tradiciones se trata, los ecuatorianos las tenemos, y bien arraigadas; de eso va el ritual social (y de origen religioso católico) de reunirnos a comer guaguas de pan y tomar colada morada, aunque ya muchos no vayamos de visita al cementerio el 2 de noviembre. El Halloween, aunque pervertido por el consumismo que todo lo toca, es una tradición también, importada, sí, pero de raíces antiquísimas, precristianas (celta irlandesa, para ser exacto). Esto tiene el contacto entre civilizaciones y culturas, hoy llamado globalización: nos llegan, y mandamos, usos y costumbres de todo lado. Si el chauvinismo parroquiano les hace blasfemar contra estas imposiciones extranjeras, háganme el favor de ser consecuentes y decirme desde qué año, para adelante y para atrás, son aceptables las influencias extranjeras, lo cual termina siendo, por supuesto, una imposición subjetiva: porque si tanto les quita el sueño una calabaza con dulces, empiecen a guardar el árbol de Navidad, dejarán las hamburguesas, las pizzas, las gorritas al revés y un larguísimo etcétera. Sí, aquí, sí hay tradiciones, pero también somos parte de un mundo cambiante, donde se entrecruzan y enriquecen las culturas respectivas. Así que con su permiso, tomaré mi colada morada y comeré mi guagua de pan disfrazado de Peter Pan si me da la gana.
Eso, por un lado. Pero si me piden que sufra por el escudo nacional, lo lamento. Una cosa es el amor al país, a sus tradiciones, y otra muy distinta es pedir fidelidad y buscar identidad en un símbolo del Estado. El 31 de octubre se recuerda que Eloy Alfaro firmó un decreto normando su diseño, nada más. Gracias, pero tengo cosas más importantes en las cuales basar mi identidad personal y colectiva. Cuando decida que me define como ecuatoriano una parroquiana obsesión con un decreto ejecutivo, aceptaré que el Estado es dueño de la identidad y de la historia. Y eso, eso no lo haré.
Dicho esto, ¿Qué mismo con el Jalowín? Contarán si se disfrazan, que nadie dejará de ser ecuatoriano por hacerlo.

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Gabriela está embarazada de su padrastro. Ella pidió no ser mencionada por su nombre original así que para los fines que nos ocupan su nombre es Gabriela. Ella nació en el mes de diciembre de 1999 y en su partida figura como lugar de nacimiento la maternidad de Chillogallo en Ecuador. 

Luego de algunos años de maltrato el padre de Gabriela abandonó a su madre y a sus tres hermanas. Gabriela y sus hermanas no pudieron terminar la escuela primaria y hoy se dedican a limpiar baños en locales comerciales o de asistentes de cocina en un comedor. Paola, su hermana de 16 años tiene, ya dos hijos de 3 y 2 años. Por la situación de pobreza en la que su familia vive Gabriela comparte el colchón con su madre y su padrastro. Esta situación se repite en muchas familias ecuatorianas.

Cuenta la historia que una noche su padrastro llegó con algunas botellas de más a dormir a casa y mientras dormía hizo que Gabriela tocara sus genitales mientras su madre salió a trabajar. Lo que ocurrió después quedará sólo para las cifras de estadísticas que nunca conoceremos.  

Al cabo de pocas semanas Gabriela contó que estaba embarazada de su “novio” y su abuela  – quien nunca aprobó la nueva relación de su hija – presentó una denuncia en contra del padrastro de Gabriela. ¿Qué opciones tiene Gabriela en el medio en el que vive?

Alejémonos por un momento del acalorado debate legal/político/sociológico/psicológico/moral y de los anuncios en los medios de prensa y de las marchas y manifestaciones y de las conferencias por la vida y por los derechos de la mujer y de la opinión de la Iglesia y de todo aquello que termina por ofuscarnos y obnubilar nuestras más recónditas posturas y pensemos en el ser humano.

Si, pensemos no sólo en ese ser humano que está por nacer y cuya vida se ha engendrado sin tener la culpa de lo que ocurrió entre sus progenitores y que merece todo aquello que muchos conocemos como una vida plena. 

En los acalorados debates políticos y académicos mucho se menciona la vida del no nacido – y no es para menos – pero pocas veces se habla de la vida de quien lo gesta durante nueve meses. Poco se habla de su voluntad, casi nada se refiere de qué opciones tiene, es escaso lo que se dice respecto de su dignidad y no se menciona siquiera sobre su plan de vida.

Gabriela es esa mujer, quien más allá de tener derechos -que distintos cuerpos normativos los quitan, los ponen y los restringen a discreción-, es humana. Hay algo inherente a lo humano sin importar su sexo, raza o edad: su dignidad. Ese intangible que afortunadamente es innato a la calidad propia de ser humano y no viene anclado por ninguna legislación. 

Gabriela es esa mujer a quien se pretende revictimizar, señalar con el dedo y tachar de “abortista” o “feminista” – como si cualquiera de los dos calificativos fuesen insultos. Esa mujer, esa persona, ese ser humano ¡también tiene vida!, también siente, también disiente, también opina pero sobre todo también decide. La procreación que deviene en la maternidad no sólo es un acto biológico sino que es un acto de conciencia y de voluntad no de imposición.

Separémonos un momento del debate jurídico sobre la eficacia o no de sancionar el aborto pero abstengámonos de absurdamente compararlo con el asesinato como si de comparar peras con manzanas se tratase.

Desde una visión extrema se piensa e incluso se asevera que el no sancionar el aborto es equivalente a no sancionar el asesinato. Es indiscutible el hecho de que para comparar las dos conductas debemos de analizar conductas similares; pero en este caso se trata de procesos psicológicos muy distintos los que se encuentran detrás de estos tipos penales. 

La persona que asesina a otra tiene – en la mayoría de casos – perturbaciones piscológicas, la mujer que aborta se encuentra – en la mayoría de los casos – en situaciones de extrema pobreza, necesidad, ignorancia, angustia y desesperación. Un asesinato ocurre en segundos – basta con apretar un gatillo que incluso en muchos casos puede ser instintivo-. Un aborto implica un proceso emocional muy fuerte y una vez tomada la decisión una mujer debe acudir a la parte trasera de un restaurante y cruzar los dedos para no desangrarse en una mesa. Si al asesino se le pide que no lo haga lo más seguro es que lleve a cabo su acometido. Si a la mujer que quiere abortar se le da opciones es probable que no aborte – o que al final sí lo haga pero en condiciones humanas -. Pero la sociedad obliga a este ser humano a “asumir la responsabilidad de sus actos” – que nunca le fueron propios porque fue forzada y le impone un hijo a su proyecto de vida. 

La sociedad no le brinda opciones a Gabriela, esta mujer que es humana y que tiene dignidad por ser humana. No sólo que es muy probable que Gabriela no vuelva a gozar de una vida sexual placentera y saludable porque fue forzada a ser madre producto de una relación sexual violenta y no deseada sino que a su vez un conglomerado de personas que dice llamarse el soberano le impone una moral ajena al útero, al hijo y al plan de vida de Gabriela. 

La sociedad, con un puñal en una mano y con un dedo que señala a Gabriela en la otra, la acorrala contra la pared sin opciones seguras y a su alcance. La “píldora del día después” es un tabu y se consigue en pocas farmacias – en los casos en los que es efectiva -, la adopción es un proceso largo, tedioso, burocrático y bastante doloroso – más aún para una Gabriela que fue violada -, y la más dura de todas un aborto no seguro cual vaca en carnicería. 

No me confundan, no con este texto me proclamo “abortista”, “feminista”, “machona” ni ninguno de esos calificativos absurdos que ahora acostumbran llamar a los hombres y mujeres que decidimos pensar fuera de la caja y mirar al ser humano que hay detrás de cada decisión política y ver la realidad. El Derecho nació para ajustarse a la sociedad, no la sociedad al Derecho. 

Ambas concepciones frente al aborto se consideran legítimas y válidas y ninguna debe ser descalificada como ¨inmoral¨ únicamente porque no se la comparta. Lo que no es dable es que cualquiera de estas posiciones sean absurdamente incrustradas en la legislación de un país como pretenden distintos grupos de lado y lado a fin de imponer su moral a toda una población. A veces las democracias son peligrosas. Un periodista hace poco dijo “Cuando veo lo que pasa, no perdono a los griegos el invento de la democracia, 100 fulano(a)s saltan por encima de las mujeres” y no podría estar más de acuerdo. Indiscutiblemente son cosas tan personales y delicadas que estoy segura que el Estado, la legislación y los asambleístas no pueden dimensionar ni decidir por otros. 

Sólo quise ponerme por un instante en los zapatos de ese ser humano que es Gabriela quien también es de carne y hueso y que hoy es revictimizado. Ayer, mientras caminaba a clases, pensaba como hasta hace relativamente poco tiempo conceptos como la esclavitud y el trabajo forzado han sufrido positivos cambios en la mentalidad de los individuos y hoy concebirlos como dables es inaceptable. Pensaba también si algún día le pondremos un rostro humano a este tema también y estos episodios como el de Gabriela únicamente constarán en los libros de historia que nuestros hijos estudiarán. 

 

@anitacebelinco 

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